Consumidores mexicanos andan optimistas, pero solo para lo que pasa de su puerta para adentro

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Saquen el confeti y las serpentinas, porque al parecer, el consumidor mexicano ha decidido que las cosas no están tan del nabo, al menos por tercer mes consecutivo. Según los magos de los números del Inegi y el Banco de México, la confianza del respetable público creció un puntito en agosto. Es una celebración tan monumental como encontrar un billete en un pantalón viejo, demostrando que la felicidad, a veces, viene en dosis homeopáticas.

El famoso Indicador de Confianza del Consumidor se plantó en 46.1 puntos. Para que se den una idea, es como si en un examen sobre 50 sacaras un 46: no es para presumir en la cena familiar, pero al menos no reprobaste de forma vergonzosa. Lo más cómico del asunto es que, si lo comparamos con el año pasado, el resultado es… un glorioso empate. Así es, después de doce meses de sudor y lágrimas, estamos exactamente en el mismo lugar. ¡Un aplauso para la estabilidad!

Este repentino ataque de optimismo, que puso fin a diecinueve meses de deterioro, tiene sus razones. La inflación ha decidido tomarse un respiro y la economía en general hizo como que se recuperaba. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, pues el mercado laboral sigue más flojo que un tornillo de mueble barato, impidiendo que la fiesta se descontrole por completo y la gente salga a la calle a regalar dinero.

Aquí viene la mejor parte del chiste, que demuestra la esquizofrenia económica nacional. La gente está encantada con su situación económica actual, con un aumento de 1.9 puntos en su optimismo personal. ¡Hasta se sienten con ganas de comprar muebles y electrodomésticos! Pero cuando se les pregunta por el futuro económico del país, la confianza apenas avanzó un microscópico 0.1 puntos, el equivalente anímico a un encogimiento de hombros.

Los analistas, esos aguafiestas profesionales, ya salieron a traducir este galimatías. Kapital Grupo Financiero señaló que la mejora se ve “en el presente, no en el futuro”, lo que significa que la gente ve su cartera un poco más gorda hoy, pero sigue desconfiando del mañana. Es decir, el mexicano promedio siente que por fin le alcanza para el aguacate, pero sospecha que el país entero se dirige a un barranco en cámara lenta.

En resumen, el consumidor mexicano es un ser fascinante que vive en una burbuja de optimismo personal. Se siente capaz de comprarse esa freidora de aire que tanto anhela, mientras mira por la ventana y se pregunta si no sería buena idea empezar a construir un búnker en el patio trasero. Una confianza que dura lo que un suspiro, pero oye, ¡qué bonito es soñar

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