El FBI confesó el miércoles, con la entusiasmo de quien encuentra el refrigerador vacío, que está investigando una denuncia según la cual millones de permisos de conducir estadounidenses andan sueltos por internet como fotos comprometedoras después de una fiesta mal cerrada. El martes, el periodista independiente Brian Krebs tropezó con un escaparate de esos que solo abren de madrugada y con contraseña sospechosa, donde se ofrecían copias escaneadas de millones de licencias de Estados Unidos y Canadá, nítidas, completas y listas para quien quiera estrenar identidad ajena sin pasar por el trámites del registro civil.
Krebs, que parece coleccionar filtraciones como otros coleccionan deudas, no se limitó a mirar el anuncio: confirmó con nueve personas de carne y hueso que los datos eran tan auténticos como el mal café de oficina. Nombres, direcciones, fechas, fotos con esa expresión de “me obligaron a sonreír”… el paquete entero a la venta, como liquidación de fin de temporada en el bazar de lo prohibido.
La respuesta oficial del FBI llegó en un comunicado tan corto y seco como nota de despido: están “investigando el incidente”, pero no pueden soltar ni media palabra más porque la pesquisa sigue abierta. Traducción para adultos con poca paciencia: “Sí, se nos escapó el archivo, pero todavía estamos contando cuántos se fueron y preferimos no dar detalles mientras rebuscamos debajo del teclado”.
Así que ahí queda el panorama. Ese documentito que te saca del apuro en un control o te deja rentar un auto ahora puede estar circulando en el sótano digital donde se compran secretos a granel. La red oscura vuelve a demostrar que la privacidad dura menos que la dieta después del primer fin de semana. El FBI promete indagar; el resto solo puede cruzar los dedos para que al menos la foto robada sea de un ángulo decente. Porque si te clonan la identidad con esa cara de lunes a las siete de la mañana, la burla es completa.





