El Departamento del Tesoro sorprendió a todos al poner en circulación monedas de un dólar con el rostro de Donald Trump. La medida forma parte de los festejos por los doscientos cincuenta años de la fundación del país. Un rollo de veinticinco piezas cuesta sesenta y un dólares, mientras que la bolsa de cien unidades sale en ciento cincuenta y cuatro dólares con cincuenta centavos. Nadie esperaba que el gobierno vendiera su propia moneda con tanto recargo.
La Casa de la Moneda confirmó que estas piezas ya están en uso y no son solo decorativas. Sin embargo, una ley federal prohíbe que un presidente en funciones aparezca en el dinero nacional. Trump ha ignorado esa norma de forma directa, tal como ha hecho con otras reglas que le estorban. El resultado es una moneda oficial que parece más un capricho personal que un acto institucional.
En una cara aparece el magnate junto con las frases Libertad y En Dios confiamos, además de las fechas mil setecientos setenta y seis y dos mil veintiséis. Del otro lado se ve el águila del sello presidencial modificada con el número doscientos cincuenta. El diseño no disimula el deseo de dejar huella en cada bolsillo del país.
El secretario del Tesoro ya había adelantado planes para un billete de doscientos cincuenta dólares con la misma cara. Esa idea requiere cambiar la ley que impide retratos de personas vivas en el papel moneda. Mientras tanto, la firma de Trump también aparecerá pronto en los billetes normales, otra novedad sin precedentes.
Los precios elevados y la circulación obligatoria generan dudas sobre quién gana realmente con esta jugada. El recargo del ciento cuarenta y cuatro por ciento parece más una forma de recaudar que un homenaje histórico. El público adulto se pregunta si terminará pagando impuestos con monedas que llevan la misma cara que firma los decretos.
Trump ya intentó poner su nombre en el Centro Kennedy y ordenó demoler parte de la Casa Blanca para construir un salón de baile. Ahora extiende esa costumbre al dinero que todos usan. El resultado es una colección de excentricidades que convierten las instituciones en escenarios de un espectáculo personal sin final a la vista.





