Estados Unidos, por boca de su secretario de Estado Marco Rubio, salió este miércoles a pedirle a sus socios que corten de raíz cualquier vínculo con Nicaragua. El motivo: el Congreso de ese país, controlado por el oficialismo, decidió prohibir que los opositores participen en las elecciones. Traducción diplomática: “ya no finjan que hay democracia, mejor dejen de hacerles la compra del súper”.
En el comunicado, Washington llama a poner fin de inmediato a las “operaciones habituales” con lo que califica de brutal dictadura de Daniel Ortega y su esposa y copresidenta Rosario Murillo. Rubio soltó la frase de manual: las dictaduras que niegan derechos no merecen los mismos beneficios económicos o políticos que los gobiernos que al menos fingen defender la paz hemisférica. Como quien dice: si no dejas jugar a nadie más, no esperes que te inviten al asado regional.
La votación en la Asamblea Nacional, según el jefe de la diplomacia gringa, “erosionó aún más la ficción de la democracia” en Nicaragua. Y no es ficción de telenovela barata: es de esas que ya ni el público se cree. Ortega, el exguerrillero de 80 años, y Murillo, cinco años menor, llevan el control absoluto después de la represión de las protestas de 2018, que según la ONU dejó unos 300 muertos y cientos de miles de exiliados. El país se quedó con el espacio cívico más cerrado que tienda en día feriado.
Washington viene subiendo la presión desde hace meses: sanciones a las figuras del régimen y empujones a los aliados latinoamericanos para que firmen comunicados conjuntos. La Administración Trump promete seguir buscando maneras de castigar las violaciones de derechos humanos, incluso en la Organización de los Estados Americanos. Ya lograron que la OEA convocara una reunión “urgente” de cancilleres el 19 de agosto, algo poco habitual, y este jueves el Consejo Permanente se reúne para fijar fecha y lugar del encuentro.
En resumen: los gringos pasaron del ceño fruncido al “nadie le hable ni le preste azúcar”. Nicaragua, con la oposición vetada y el poder bien agarrado por la pareja presidencial, se queda mirando cómo le retiran la silla de la mesa internacional. Mientras tanto, Ortega y Murillo siguen en su mundo, donde las elecciones parecen tan necesarias como paraguas en el desierto, y el resto del hemisferio decide si sigue el consejo de dejarlos más aislados que farol en la madrugada.





