Donald Trump, ese presidente que colecciona nombres propios con la misma pasión con la que otros coleccionan imanes de nevera, propuso este miércoles rebautizar el estrecho de Ormuz como “estrecho de Trump”. El anuncio llegó justo cuando ese pasillo marítimo de Oriente Medio está más caliente que plancha olvidada en la camisa, en medio del conflicto de la zona.
Desde su cuenta de Truth Social, el mandatario soltó la idea con la naturalidad de quien decide que el edificio nuevo también lleva su apellido: “Ahora que ya lo tenemos bajo control de Estados Unidos, ¿podríamos cambiar el nombre del estrecho de Ormuz por estrecho de Trump? Como la propia América, ese nombre será más atractivo que nunca”. Traducción libre: el tipo miró el mapa, vio un cuello de botella estratégico por donde pasa medio mundo del petróleo y pensó “esto pide a gritos un cartel con mi firma”.
La movida tiene ese perfume clásico de vanidad monumental. No basta con mandar, hay que dejar la huella en la cartografía como quien graba las iniciales en el banco de la plaza. El estrecho de Ormuz, ese punto donde los petroleros se apretujan más que gente en el metro a las ocho de la mañana, pasaría de nombre histórico a marca personal. Sexy, dijo él. Como si el agua salada y los barcos cargados de crudo necesitaran un rebranding de pasarela.
Mientras la información sigue en proceso y el mundo se rasca la cabeza preguntándose si esto va en serio o es otro capítulo del reality presidencial, la propuesta queda flotando. Europa, Asia y medio planeta dependen de ese pasaje. Ahora, si se aprueba el capricho, los capitanes tendrán que anunciar por megafonía: “Señores pasajeros, estamos cruzando el estrecho de Trump, abróchense los cinturones y no olviden el souvenir con logo”.
En resumen: el hombre que ya le puso su nombre a torres, bistecs y hasta a una versión de la verdad ahora apunta al mapa marítimo. El control estadounidense del lugar, según él, justifica el bautizo. Y mientras Oriente Medio arde a su ritmo, Trump se dedica a lo que mejor se le da: convertir la geopolítica en un ejercicio de branding personal. El estrecho sigue ahí, estrecho de verdad, pero el ego, como siempre, no cabe ni en el océano Índico.





