La deuda de Estados Unidos crece más que la lista de excusas en una pelea de pareja

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Donald Trump volvió a la Casa Blanca jurando que iba a poner las finanzas del país más ordenadas que el cajón de los calcetines de un militar retirado. Prometió recortar el Gobierno hasta dejarlo en dietas, terminar con las guerras eternas y hacer crecer la economía para que los déficits dejaran de galopar como caballo suelto en fiesta patronal. Resultado: en apenas diecinueve meses del segundo mandato la deuda nacional ya superó los 40 billones de dólares. El gasto federal, en vez de bajar, se puso cómodo en el sofá y pidió más palomitas.

La guerra con Irán cumple seis meses atascada en un empate carísimo, de esos que parecen discusión de suegros donde nadie cede y la cuenta del restaurante sigue subiendo. Mientras tanto, el costo de pagar los intereses de la deuda se puso por las nubes, con los bonos estadounidenses rindiendo como no lo hacían desde casi dos décadas. Los expertos en presupuestos ya hablan de una crisis fiscal que se acerca más rápido que visita de pariente cuando huele a herencia. Tarde o temprano alguien tendrá que subir impuestos o recortar la red de protección social, incluida la Seguridad Social. Opciones tan populares como decirle a tu jefe que el informe lo hizo el gato.

Maya MacGuineas, del Comité para un Presupuesto Federal Responsable, lo dejó clarito: no hay forma de mirar el historial de Trump y decir “qué éxito fiscal, mi rey”. El camino hasta aquí no fue solo culpa suya, pero él marca la agenda y el Congreso se hace el distraído como quien finge que no vio el mensaje del grupo familiar.

Los recortes fiscales del primer mandato sumaron 8,4 billones a la deuda. La ley fiscal y de inmigración del segundo metió otros 4,7 billones. La Casa Blanca responde que Trump fue el primero en pelear en serio contra el despilfarro, despidiendo funcionarios y cerrando programas derrochadores. Lograron bajar un poquito el déficit anual en 2025, pero la deuda total siguió creciendo como cintura después de las fiestas.

La culpa es de todos, claro. Republicanos de antes hincharon déficits con recortes y guerras. Demócratas lo hicieron con estímulos tras crisis y pandemia. Solo Bill Clinton sacó superávits modestos en su segundo mandato, cuando la economía volaba y había algo parecido a consenso. Ahora se jubila la generación de la posguerra y los fondos de la Seguridad Social y Medicare se agotan más rápido que las cervezas en un asado de domingo.

Trump rompió con la ortodoxia conservadora: en vez de reformar prestaciones, inventó cuentas de inversión para recién nacidos y se dedicó a subir aranceles mientras bajaba impuestos a las empresas. Resultado: la carga fiscal se corre cada vez más hacia los trabajadores y hogares de ingresos medios y bajos. Los republicanos ahora se aficionan a cobrar impuestos por la puerta de atrás para no tocar lo que da votos. Trump insiste en que el crecimiento lo solucionará todo “muy fácilmente” y hasta soñó con una economía creciendo al 20 % anual, cifra que solo se vio cuando salimos del encierro de la pandemia.

Elon Musk pasó por el desaparecido Departamento de Eficiencia Gubernamental prometiendo recortar 2 billones y terminó anunciando 110.000 millones, cifra que la Oficina de Responsabilidad Gubernamental miró con cara de “¿en serio?”. Mientras tanto, el presidente de la Reserva Federal advierte que la fiebre de inversión en inteligencia artificial está compitiendo por cada dólar y empujando las tasas hacia arriba, justo lo que el Gobierno menos necesita.

En resumen: prometieron dieta extrema y el país terminó pidiendo el menú degustación a crédito. La deuda ya pasó los 40 billones justo antes de las elecciones de mitad de mandato. Los votantes quizá no miren el tema hasta que les toquen la hipoteca o el bolsillo, pero la cuenta, como suegra ofendida, siempre llega.

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