En un movimiento que ha provocado un sismo emocional de 9.8 en la escala de Richter y ha dejado a todo un país mirando al vacío, Lionel Messi, a sus 39 años, ha anunciado que se baja de la Scaloneta para siempre. Con una carta en redes sociales que se sintió como una notificación de la AFIP, el astro confirmó que su romance con la camiseta albiceleste ha llegado a su fin. Argentina entra oficialmente en un período de luto nacional, con banderas a media asta y parrillas apagadas en señal de duelo.
La razón de este divorcio futbolístico la resumió él mismo con una sinceridad aplastante: «Me vacié, ya no tengo más para dar». El tanque de magia, al parecer, se quedó sin combustible después de la final perdida contra España en el Mundial 2026. Esa derrota fue la gota que derramó el vaso, y aunque la decisión ya estaba tomada, el reciente fallecimiento de su padre la selló con cemento. Es la versión adulta de cuando se te acaban las pilas del control remoto en medio de la mejor parte de la película.
Su carrera con la selección es una de esas historias que parecen sacadas de un videojuego en modo fácil. En 21 años, el hombre jugó 207 partidos y metió 125 goles, cifras que un ser humano normal no alcanza ni jugando al metegol. Llevó a su equipo a tres finales del mundo, ganando una en Qatar 2022 y perdiendo dos, demostrando que hasta los dioses a veces tienen un mal día en la oficina.
Para añadirle un toque de comedia cósmica a su despedida, durante el último mundial Messi se convirtió brevemente en el máximo goleador de la historia del torneo, superando al alemán Miroslav Klose. Pero la alegría le duró menos que un sueldo en Argentina, porque en el último fin de semana apareció Kylian Mbappé, el francés con motor de cohete, para arrebatarle el récord. Se va con 21 goles, uno menos que el delantero galo, un último chiste del destino.
Se marcha con la tranquilidad de haberlo ganado todo: el Mundial, dos Copas América, la Finalíssima y hasta una medalla de oro olímpica que seguro usa para colgar las llaves. En su carta, se despidió con orgullo por haber regalado «momentos soñados», una afirmación que se queda corta para describir las décadas de infartos, alegrías y gritos desaforados que provocó.
Ahora, un país entero queda huérfano de gambetas y goles imposibles. Los domingos por la tarde ya no serán lo mismo. Millones de argentinos se enfrentan a un futuro incierto en el que tendrán que encontrar una nueva razón para reunirse a comer asado y gritarle a un televisor. Adiós al D10S del fútbol moderno; el mundo sigue girando, pero para Argentina, lo hará un poquito más lento.





