La Secretaría de Hacienda reportó que los ingresos por impuestos no avanzaron ni un centavo en términos reales durante los primeros siete meses del año. El Impuesto sobre la Renta cayó seis por ciento y dejó 118 mil millones de pesos por debajo de lo esperado. La causa principal fue la menor captación entre las personas morales, que parece haber decidido que pagar impuestos es un pasatiempo del pasado.
En contraste el Impuesto al Valor Agregado creció casi diez por ciento y superó las metas oficiales en más de cien mil millones de pesos. El consumo interno se mantuvo firme y la vigilancia en aduanas ayudó a juntar lo que las empresas del ISR se negaron a soltar. Hasta los sueldos y salarios aportaron un poco más, como si los trabajadores fueran los únicos que todavía creen en el sistema.
El Impuesto Especial sobre Producción y Servicios avanzó apenas dos por ciento y se quedó corto frente a lo programado. Los gravámenes a las importaciones también crecieron pero terminaron por debajo de las cuentas oficiales debido al peso fuerte que encareció menos los productos extranjeros. Mientras tanto el petróleo aportó un aumento de doble dígito gracias a los precios internacionales, aunque igual terminó lejos de las proyecciones.
Al final los ingresos públicos totales apenas subieron menos de uno por ciento y quedaron más de ciento setenta mil millones de pesos por debajo de lo planeado. La hacienda parece un restaurante que esperaba una noche llena pero solo recibió propinas de los meseros. Las empresas corporativas se ahorraron la cuenta y el gobierno quedó mirando el plato vacío con cara de quien invitó a comer y nadie quiso pagar la mitad.





