La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, salió este sábado en cadena nacional a calmar las aguas y a jurar que el “histórico” acuerdo petrolero con Estados Unidos no significa que le hayan entregado las llaves del sótano ni el título de propiedad del yacimiento. Según ella, el país conserva la propiedad y la soberanía sobre sus recursos con la misma firmeza con la que uno guarda el control remoto aunque el cuñado se haya sentado en el sillón principal.
El conveniecito llega siete meses después de que a Nicolás Maduro lo bajaran de un plumazo en aquella opereta militar estadounidense que dejó las relaciones entre Caracas y Washington más revueltas que sancocho en licuadora. Delcy asumió de forma interina, aguantó la presión de Washington y abrió de par en par las puertas del petróleo y la minería a la inversión extranjera. Ahora toca vender la idea de que no se regaló el oro negro, solo se lo prestó al vecino para que lo saque mientras ellos cobran la comisión.
Resulta que Estados Unidos va a operar campos con un potencial de sesenta y cinco mil millones de barriles. Venezuela calcula que en los veinticinco años del trato le caerán unos doscientos nueve mil millones de dólares. La jefa aclaró que cobrarán regalías mínimas del dieciséis por ciento e impuestos sobre la renta del treinta y cuatro. En criollo: por cada barril que salga y se venda, unos diecinueve dólares se quedan en casa. Casi se oye el “no es regalar, es alquilar con opción a gritar soberanía” de fondo.
El país sigue teniendo las mayores reservas del planeta, pero lleva casi una década sin explorar nada nuevo, como quien tiene la nevera llena y se alimenta solo de sobras. Delcy justifica el camino diplomático porque quiere convertir a Venezuela en potencia energética, gran productora de petróleo, exportadora de gas y reina de la petroquímica. Desde enero la producción subió un veintinueve por ciento y llegó a millón doscientos mil barriles diarios… todavía lejos de aquellos tres millones de finales del siglo pasado, cuando el petróleo chorreaba como si no hubiera mañana.
Con la inversión de cien mil millones de dólares se espera que los diecisiete “campos estratégicos” que pondrán a trabajar los estadounidenses lleguen a millón y medio de barriles diarios y acerquen al país a sus viejas glorias. Los expertos, siempre tan aguafiestas, advierten que eso será a largo plazo, o sea cuando ya nadie recuerde quién firmó qué ni dónde quedó la llave original.
Al final, Delcy sonríe en pantalla, el petróleo sigue figurando como venezolano en el papel y los operadores extranjeros se preparan para sacar barriles mientras el discurso de soberanía suena más fuerte que el taladro. Venezuela, esa tierra donde las reservas son eternas, los acuerdos se llaman históricos y la propiedad se defiende con un micrófono aunque la grúa la maneje otro. Dios proveerá, el barril fluye y la telenovela energética sigue su curso sin que nadie pierda del todo la cara… ni el porcentaje.





