La Secretaría de Hacienda reportó que en los primeros siete meses del año los ingresos por impuestos quedaron congelados en poco más de 3.4 billones de pesos. El golpe principal llegó del Impuesto sobre la Renta, que bajó 6 por ciento real y se quedó en 1.77 billones. Las empresas, esas personas morales que tanto presumen de ganancias, pagaron menos y dejaron un hueco de casi 96 mil millones de pesos respecto a lo planeado.
El gobierno intentó compensar el desastre con el IVA, que subió 9.9 por ciento, y con el IEPS, que avanzó apenas 2 por ciento. Hasta las importaciones aportaron un 8.1 por ciento más. Mientras tanto, el petróleo aportó 608 mil 564 millones de pesos, un aumento de 10.7 por ciento que salvó un poco el pellejo. Aun así, los ingresos totales apenas crecieron 0.9 por ciento y terminaron 170 mil millones por debajo de lo presupuestado.
El gasto público, por su parte, subió 3.5 por ciento y llegó a 5.7 billones de pesos. El detalle incómodo es que también se gastó 438 mil millones menos de lo autorizado, como si el gobierno hubiera decidido ahorrar en secreto. El resultado fue un déficit de 727 mil 533 millones de pesos en los requerimientos financieros del sector público.
En resumen, las empresas redujeron su contribución, los trabajadores mantuvieron el ritmo con sus sueldos y el petróleo hizo de bombero. Hacienda presume que todo está bajo control, aunque las cifras muestren que el dinero entra por un lado y se queda corto por el otro. Al final, el fisco parece un mesero que cobra la cuenta pero siempre recibe propina incompleta.





