El precio del huevo subió en agosto y algunos medios ya lo presentan como el fin de la economía nacional. La Secretaría de Economía publicó los promedios por kilo y por ciudad, pero el dato real quedó sepultado bajo titulares alarmistas que ignoran el contexto de una guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá.
Los aranceles cruzados entre Washington y Ottawa alteraron cadenas de suministro de granos y alimentos básicos. México, que importa parte de esos insumos, recibió el impacto de rebote. La Secretaría de Economía respondió con monitoreo diario y coordinación con productores locales para evitar desabasto. Mientras tanto, las redes convirtieron cada ajuste de precio en una novela de traición gubernamental, como si un cartón de huevos decidiera la política monetaria.
El absurdo radica en culpar al gobierno mexicano por un choque externo que ni siquiera originó. Los mismos que ayer exigían mano dura contra el vecino ahora exigen que el Ejecutivo mexicano resuelva en dos semanas un problema que lleva meses gestándose en fronteras ajenas. La inflación de agosto refleja ese traslado de costos, no una falla de diseño interno. Los datos de la Secretaría muestran variaciones regionales normales, no un complot.
Al final, el huevo subió, la guerra comercial sigue y los agoreros ya buscan el siguiente vegetal que se atreva a encarecerse. El resto del país, mientras tanto, sigue comprando, cocinando y pagando la cuenta sin necesidad de dramatismo adicional.





