El Tío Sam pone su deuda en oferta y los inversores exigen intereses de usurero

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Saquen las carteras y prepárense para el espectáculo, porque el Departamento del Tesoro de Estados Unidos está a punto de salir a la calle a vender bonos como si fueran churros en una feria. El miércoles pondrán sobre la mesa la friolera de 16.000 millones de dólares en deuda a 20 años, pero esta vez la cosa tiene un giro digno de telenovela: los compradores están exigiendo una tajada mucho más grande del pastel.

Los inversores, que tienen el olfato más fino que un perro trufero para detectar problemas, están pidiendo un rendimiento de alrededor del 5,27%. Esta cifra, que no parece gran cosa, es en realidad la más alta que se ha pagado por estos bonos desde que los resucitaron en 2020. En pocas palabras, le están diciendo al gobierno: “Claro que te presto dinero, pero me vas a pagar como si fuera el último prestamista del desierto, porque no me fío un pelo de tu gestión”.

La desconfianza viene por la inflación y el gasto público, que parecen no tener fin. Los que ponen el dinero miran las cuentas del gobierno con la misma cara con la que uno mira una factura de teléfono después de las vacaciones. Exigen una compensación extra por el riesgo de prestarle a alguien que gasta como si hubiera encontrado una tarjeta de crédito ilimitada en el suelo del centro comercial.

Esta subasta no es un caso aislado, sino el último capítulo de una saga de ventas desesperadas. La semana pasada, la deuda a 30 años se vendió con el tipo de interés más alto en un cuarto de siglo, y la de 10 años alcanzó una rentabilidad que no se veía desde 2007. A este paso, van a tener que empezar a regalar tostadoras con cada bono para hacerlos más atractivos.

Así que mientras los nervios por una subida de tasas de la Reserva Federal se han calmado un poco, la preocupación por el creciente agujero fiscal del país es cada vez mayor. Es como dejar de preocuparse por una gotera en el techo para darte cuenta de que los cimientos de la casa se están hundiendo. El Tío Sam necesita efectivo, y los inversores están dispuestos a dárselo, pero a un precio que grita «pánico» a los cuatro vientos.

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