En Bombay, esa megaciudad donde viven más de veinte millones de almas y el caos es deporte olímpico, los inspectores sanitarios entraron como elefante en cristalería a una pastelería famosa por sus sándwiches de helado. Resultado: ratas de paseo, moscas de guardia y comida caducada que llevaba más tiempo ahí que el portero del edificio. Adiós licencia, hola cartel de “cerrado por asco monumental”.
En otro local de renombre, especialista en guisos de cordero a fuego lento (ese que se deshace en la boca si no te fijas en lo demás), encontraron la carne reposando en recipientes que parecían sacados de una excavación arqueológica, suelos encharcados de grasa y ventanas abiertas de par en par para que insectos y cuervos entraran como si fuera buffet libre. Las autoridades mandaron bajar la persiana sin pestañear.
Detrás de la redada está Tukaram Mundhe, el tipo que asumió en mayo de 2025 la Autoridad de Seguridad Alimentaria de Maharashtra y se ha propuesto limpiar la cocina de la ciudad como quien barre la casa antes de que llegue la suegra. “Si cumplen la ley, no tienen nada que temer”, dice él con cara de quien ya vio demasiadas cucarachas bailando cumbia. Solo en julio revisaron unos novecientos locales y aparcaron temporalmente más de cien licencias. Desde restaurantes de postín hasta la cafetería municipal: nadie se salvó del peinado a contrapelo.
Mundhe, que acumula más de un millón de seguidores en Instagram, confiesa su sorpresa: resulta que bastantes dueños desconocen las reglas básicas de no criar roedores en la despensa. Sobre el papel, las normas indias son estrictas; en la práctica, una de cada seis muestras de comida entre 2022 y 2025 salía rana. La gente tolera el puesto callejero con trapo dudoso y aceite que ya peina canas, pero cuando paga precio de restaurante famoso exige que no le sirvan sorpresa con patas.
La campaña tiene hinchada popular. Muchos vecinos aplauden porque están hartos de que algunos locales “arreglen” las visitas con un soborno bien puesto. “La corrupción y el fraude alimentario solo se frenan así”, gritan desde la grada. Pero el gremio hostelería está que trina: tres asociaciones protestaron por cierres sorpresa sin aviso previo, como quien te quita la silla mientras te sientas. El Tribunal Superior de Bombay hasta le levantó la suspensión a un hotel y soltó la frase del año: “estamos en India”, o sea, bajen un cambio, colegas.
Los vendedores ambulantes ya tiemblan. Ashok Verma, que vive de los sándwiches callejeros, se pregunta en voz alta a dónde van a ir con familia e hijos si les cierran el tenderete. Mundhe se defiende: solo unas pocas inspecciones terminaron en castigo duro. Los expertos, más fríos, recuerdan que el problema es de cimientos: pocos inspectores (menos de cuatrocientos en Maharashtra cuando harían falta dos mil) y un sistema que se resiste a cambiar solo a base de redadas.
Hay quien duda de que Mundhe llegue lejos. En un país donde al funcionario que molesta a los poderosos lo suelen mandar de paseo a otra provincia, él ya lleva veinticinco traslados en más de veinte años de carrera y sigue tan campante. “No lo veo como espada de Damocles. Me centro en la misión”, declara impasible. Hasta el multimillonario Harsh Goenka le mandó flores: nada devuelve más rápido la confianza que ver a los grandes tratados igual que al resto.
Mientras tanto, Bombay sigue oliendo a especias, a tráfico y, de vez en cuando, a guiso de cordero con visita inesperada de cuervo. La pregunta del millón es si esta cruzada dejará las cocinas más limpias o solo producirá más titulares y más dueños buscando el teléfono del abogado. De momento, Mundhe sigue adelante, las ratas buscan nuevo domicilio y los comensales miran el plato con lupa antes de pinchar.




