Otro informe llega a Washington con cara de factura impaga y deja a medio Pentágono temblando como flan en terremoto: las reservas de misiles cruciales están “extremadamente bajas”, o sea, más peladas que la cuenta del súper a fin de mes.
Imagínate a los generales abriendo el depósito de armamento y encontrándose con estantes vacíos, como cuando abres la nevera un domingo por la noche y solo queda un huevo suelto y salsa picante vencida. Resulta que esos misiles tan potentes y caros se han ido gastando en conflictos varios como si fueran palomitas en el cine, y ahora el armario de la guerra luce más triste que vestuario de equipo que baja a segunda división. Los de siempre, que presumían de tener juguetes para aburrir, descubren que se les acabó la munición de verdad y les toca hacer cuentas con la calculadora de la abuela.
El susto es mayúsculo porque, claro, uno no puede ir por el mundo de matón de barrio si de pronto se le termina la porra. Así que mientras revisan inventarios y se tiran de los pelos, el resto del planeta observa con esa sonrisa de quien ve al cuñado fanfarrón quedarse sin argumentos en la sobremesa. La moraleja es de las que duelen: cuando disparas a lo loco sin mirar el bolsillo, un día te despiertas y descubres que hasta los misiles tienen fecha de caducidad… y se te pasó.




