En Míchigan, ese estado donde hasta el invierno parece que te debe dinero, los demócratas se preparan para una primaria que más que votación parece pelea de barrio entre primos que no se soportan. De un lado, Abdul El-Sayed, médico de la rama más radical del partido, que promete pelear contra Trump, los millonarios y hasta contra los mismos jefes demócratas. Del otro, Haley Stevens, congresista desde 2019 que se presenta como la adulta responsable que puede juntar a todo el mundo… siempre y cuando no se peleen demasiado fuerte.
El-Sayed, que va primero en las encuestas, cuenta con el respaldo de Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, lo que en el lenguaje político actual significa que ya tiene el visto bueno de la sección “esto está demasiado suave, hay que subirle el volumen”. Su discurso suena a que quiere defender a la gente común contra los grandes empresarios, los dirigentes del partido y el lobby proisraelí. Básicamente, está dispuesto a pelear con medio planeta menos con sus votantes.
Mientras tanto, Haley Stevens, exasesora de Obama en temas de autos, insiste en que lo importante es reindustrializar el estado y reunir a gente de todas las tribus contra los republicanos. Su apoyo viene de Chuck Schumer y de la gobernadora Gretchen Whitmer, es decir, del sector que todavía cree que se puede ganar sin romper ningún plato en la vajilla demócrata.
El que gane se las verá en noviembre con Mike Rogers, el republicano, en un estado que Donald Trump se llevó en 2024. Los demócratas necesitan conservar ese escaño como quien necesita conservar el riñón que le queda. Si pierden aquí, la mayoría en el Senado se les va a ir tan rápido como la paciencia de un taxista en hora pico.
En resumen: un médico que quiere revolución contra un establishment que prefiere “diálogo constructivo”. El martes sabremos si Míchigan prefiere el discurso encendido o la foto de familia con corbata. Mientras tanto, los votantes solo pueden hacer lo que mejor se les da: quejarse de los dos.



