Resulta que el presidente saliente Gustavo Petro, en plan profeta del apocalipsis, soltó en rueda de prensa que tiene pruebas de un fraude electoral digno de película de hackers rusos: un algoritmo traído de afuera que le robó la elección a su candidato Iván Cepeda. Según él, el nuevo mandatario Abelardo de la Espriella es ilegítimo y su posesión en Cali, en vez de en el Congreso de Bogotá como manda la tradición centenaria, es la prueba de que todo está podrido. O sea, el tipo se muda la ceremonia al suroeste como quien cambia de barbería para que no le vean la pelada.
Petro no se anduvo con rodeos y advirtió que el plan de De la Espriella de extraditarlo a Estados Unidos con cargos inventados y recortar el Estado en un 40 % puede terminar en una guerra civil de las gordas. Imagínate el país convertido en un campo de batalla porque un abogado sin experiencia política decidió aplicar mano dura contra guerrillas y narcos justo cuando la violencia ya está peor que nunca. Y para colmo, el nuevo presidente contó con el visto bueno de Donald Trump, lo que Petro ve como injerencia extranjera de manual.
Mientras tanto, De la Espriella promete atraer inversión privada, achicar el Estado como si fuera un suéter que ya no le queda y poner orden con los carteles. Todo esto en medio de la peor crisis de seguridad de la última década, después de que los intentos de Petro por negociar la paz se quedaran en promesas y balas. La gente ya no sabe si prepararse para elecciones o para un capítulo de serie de zombis.
En resumen: un presidente saliente grita fraude algorítmico, amenaza con guerra civil y el entrante jura recortar el Estado y pegar duro. Colombia, como siempre, lista para el siguiente capítulo de la telenovela nacional donde nadie se pone de acuerdo ni siquiera en dónde celebrar la posesión. Porque cuando el país está al borde del abismo, lo importante parece ser discutir si la ceremonia va en Cali o en Bogotá.




