La crisis económica que azota a Argentina ha llevado a miles de familias a una situación límite: ante el deterioro sostenido del poder adquisitivo, provocado por salarios que no logran seguir el ritmo de una inflación desbocada, muchos hogares han tenido que reestructurar radicalmente sus hábitos alimenticios.
El resultado es un debate tan doloroso como revelador: El escenario no es ajeno a la visión del propio presidente Javier Milei, quien en mayo de 2024 señaló ante el Instituto Hoover de la Universidad de Stanford que las personas resolverían su situación de hambre sin intervención estatal, pues llegaría el momento en que decidirían «para no morirse».
Esa filosofía libertaria se traduce hoy en el desmantelamiento de subsidios y comedores populares, mientras el desempleo, la pobreza y la indigencia crecen sin que el gobierno ofrezca respuestas concretas a los sectores más vulnerables.
Para millones de argentinos, la promesa del libre mercado no ha traído prosperidad sino escasez, y el menú que hoy aparece en sus mesas es el retrato más crudo del fracaso social de un modelo que apostó todo al ajuste y nada a la gente.


