En un giro digno de un ilusionista frustrado, la Sala Superior del TEPJF tuvo que recordarle al INE una ley fundamental del universo: las cosas más grandes no caben en agujeros más pequeños. La disputa se centró en las místicas “boletas planchadas”, un concepto que desafía la geometría euclidiana.
La controversia alcanzó su clímax este miércoles cuando el magistrado Felipe de la Mata, cual profesor de manualidades, sacó una boleta para una demostración en vivo. Sosteniendo el papel de 20 por 28 centímetros, señaló la diminuta ranura de la urna, que mide apenas 12 centímetros por 3 milímetros. Explicó, con la paciencia de quien le enseña a un gato a usar la caja de arena, que intentar meter la hoja sin doblarla era un acto de fe más que un proceso cívico. La pregunta flotaba en el aire: ¿acaso los votos llegarían a la urna por “arte de magia”? El INE, aparentemente, había apostado por el sí.
Por ello, el TEPJF le dio un suave tirón de orejas al Instituto, ordenándole revocar esos lineamientos fantasiosos para el proceso 2026-2027. La mayoría de los magistrados determinaron que, si una boleta llega a la mesa de cómputo más lisa que una promesa de campaña y se acredita esa condición, simplemente no cuenta. Considerar válido un voto físicamente imposible de depositar sería un ilícito, algo tan lógico como no intentar pagar el súper con un billete de Monopoly; se ve bien, pero no funciona en el mundo real.
Así, la democracia se salvó de una crisis existencial sobre la materia y el espacio. Mientras tanto, ciudadanos de todo el país practican la compleja técnica ancestral que soluciona el problema: doblar el papelito. Se rumora que el próximo taller del TEPJF será sobre cómo abrir un sobre sin cortarse.



