En el capítulo más reciente de la telenovela geopolítica que nadie pidió pero que todos tenemos que soportar, Estados Unidos se puso el sombrero de aguafiestas y le decomisó a Cuba un cargamento de biodiésel. Es la segunda vez en una semana, lo que ya califica como una mala costumbre, como la de ese tío que siempre llega a la cena familiar sin traer nada y se come todo. Washington, en su cruzada por «debilitar al gobierno cubano», básicamente le está escondiendo las baterías al control remoto de la isla para que no puedan cambiar de canal.
El agente especial al mando en Miami, José Figueroa, un hombre con un título más largo que un discurso de Fidel, salió a anunciar el gran golpe con el pecho inflado, como si hubiera desmantelado una red internacional de contrabando de croquetas. «¡Incautamos más de 600,000 galones!», declaró. Una cantidad que suena impresionante hasta que te das cuenta de que es lo que gasta un centro comercial de Florida en aire acondicionado durante un fin de semana. Según Figueroa, una operación de este calibre no ocurre por casualidad, sugiriendo que detrás de todo había un plan maestro más complejo que armar un mueble de IKEA sin instrucciones.
Mientras tanto, en La Habana, el gobierno cubano respondió con un silencio tan profundo que se podía oír crecer el moho en los refrigeradores apagados. La gente de a pie, que es la que termina pagando los platos rotos, seguramente se quedó mirando el televisor a media telenovela cuando se fue la luz, pensando que el verdadero drama no está en la pantalla, sino en la factura de la geopolítica. Para ellos, el «bloqueo» no es un término de las Naciones Unidas, es la razón por la que tienen que abanicarse con un cartón y rezarle a todos los santos para que el agua llegue antes del próximo milenio.
Así que, mientras Washington celebra haberle quitado el aceite a la freidora del vecino, en Cuba probablemente ya están buscando tutoriales en YouTube (si es que les llega la señal) sobre cómo hacer funcionar una licuadora con dos papas y mucha fe. El próximo capítulo de esta saga promete más decomisos, menos electricidad y, casi con toda seguridad, la invención del ventilador de techo a propulsión humana. ¡Qué emoción




