En un giro digno de un drama de sobremesa, los trabajadores del IMSS decidieron que el 6.8% de aumento salarial era menos emocionante que ver secar pintura. La presidenta Claudia Sheinbaum, lejos de montar una escena, básicamente felicitó a todos por saber usar el poder del «no, gracias».
El pasado 15 de octubre, el director Zoé Robledo recibió la tarea de volver a su laboratorio financiero, pero con una advertencia celestial de Sheinbaum: “todo tiene que estar en el marco de lo posible”, una forma elegante de decir que el dinero no crece en los árboles. La mandataria aprovechó para presumir que este drama democrático es un hijo directo de la Reforma Laboral de AMLO, diseñada precisamente para que los trabajadores pudieran levantar la voz, en lugar de aceptar ciegamente lo que su dirigencia les sirviera.
Aquellos que susurraban sobre una votación “amañada” ahora deben estar comiéndose sus sombreros, pues el resultado fue un sonoro rechazo que hasta el líder sindical, Rafael Olivos, tuvo que admitir con cara de póker. Con una participación cercana al 60%, quedó claro que la base trabajadora tenía ganas de hablar y no solo de recibir recetas. Ahora, el sindicato tiene la divertida misión de regresar a la mesa de negociación a pedir, con suerte, algo más que el aumento y quizás un unicornio para el estacionamiento.
Mientras el IMSS recalcula sus finanzas para ver qué milagro puede ofrecer, el gobierno se anota un punto por la transparencia. Porque nada dice «democracia funcional» como un rechazo masivo a tu primera oferta, demostrando que el sistema funciona tan bien que hasta se complica a sí mismo.




