En su décima visita a Yucatán, la presidenta Claudia Sheinbaum se transformó en una especie de supervisora de calidad con estetoscopio, decidida a diagnosticar el sistema IMSS-Bienestar. Mientras algunos todavía recordaban las manifestaciones de hace dos semanas, ella ya estaba pasando visita en los pabellones, como suegra inspeccionando la limpieza antes de la cena.
Acompañada del gobernador Joaquín Díaz Mena, se reunió con los responsables de los ocho hospitales que integran el sistema en el estado. El plan es simple: arrancar de raíz las cajas registradoras y hacer que la atención sea gratis, un concepto tan revolucionario que probablemente causó cortocircuitos en varias calculadoras. Tres de estos hospitales ya operan bajo el nuevo modelo de “pague con una sonrisa”, y los cinco restantes se unirán al club antes del 1 de enero de 2027. Sheinbaum hasta le echó flores al Hospital O’Horán, describiéndolo casi como una nave espacial de la medicina, lista para atender hasta a un turista intergaláctico.
Mientras tanto, en la capital, el director del IMSS, Zoé Robledo, y el líder sindical, Rafael Olivos Hernández, continuaban sus mesas de diálogo. Lejos de un drama de telenovela, el proceso se asemeja a dos maestros de ajedrez discutiendo el aumento salarial y las condiciones laborales. Emplean la estrategia “Piso por Piso”, un método tan exhaustivo que seguramente están contando las gasas una por una en 216 de los 277 hospitales del país para garantizar que todo esté impecable.
Así que, mientras unos se sumergen en el minucioso arte de la negociación burocrática, la maquinaria de salud avanza. Se trata de asegurar que, la próxima vez que alguien necesite atención, el único dolor que sienta sea el de su padecimiento, no el de su billetera al ver una terminal de cobro.



