Resulta que Claudia Sheinbaum llegó a Nicolás Romero, Estado de México, no para cortar un listón cualquiera, sino para inaugurar una fábrica de futuros profesionales: la Universidad Nacional Rosario Castellanos. Un golpe directo a la mandíbula de la desidia, con diplomas como arma principal y el futuro como trofeo.
El estreno fue como un concierto con boletos agotados. Unos 800 afortunados consiguieron su pase presencial, mientras que otros 400 verán las clases desde la comodidad de su sofá, en modalidad a distancia, probablemente en pijama. Para asegurarse de que el viaje al campus no se convirtiera en una odisea financiera, Sheinbaum anunció la beca Gertrudis Bocanegra. Se trata de un subsidio heroico para el transporte, un fondo de guerra destinado a la épica batalla diaria contra el microbús y sus tarifas cuánticas. Es, en esencia, un apoyo para que los estudiantes lleguen a tiempo sin tener que empeñar la laptop.
Pero la maquinaria no se detiene. Como quien termina un platillo y pide el postre, la Presidenta consultó de inmediato a la alcaldesa Yoseline sobre la disponibilidad de otro terreno para la secuela. El plan es claro: no solo ampliar la universidad actual, sino también edificar una preparatoria Margarita Maza. Es una ofensiva educativa total, donde el municipio aporta los edificios y el gobierno federal pone a los docentes. Recordando su propia historia de activismo en la UNAM, Sheinbaum dejó claro que esto es más una cruzada personal que un simple acto de gobierno.
Como remate, lanzó un consejo que sonó a sabiduría de abuela con doctorado: pidió a los universitarios usar menos el celular y no dejar que la inteligencia artificial les haga la tarea. Una súplica para que el pensamiento crítico no sea subcontratado a un chatbot que probablemente tampoco entiende el álgebra.
Así, entre becas para el camión y advertencias contra robots sabelotodo, quedó claro el mensaje: estudien, pero por favor, usen su propio cerebro para hacerlo. El gobierno pone la escuela, ustedes ponen las neuronas en funcionamiento. No parece un mal trato, la verdad.



