El mundo del teatro y las pantallas grandes se queda sin su capitán más elegante, porque Patrick Stewart decidió abandonar el set a los 86 años tras una trayectoria que convirtió la calvicie en marca registrada y la voz británica en arma de destrucción masiva de villanos.
Nacido en Yorkshire, el actor inició vendiendo muebles a los dieciséis años y terminó comandando la nave Enterprise con la misma seriedad que usaba para recitar Shakespeare. A los diecisiete ya estudiaba en la Bristol Old Vic Theatre School y a los diecinueve aceptó la alopecia hereditaria como traje de gala para cada papel. En 1966 entró a la Royal Shakespeare Company y después al Royal National Theatre, donde perfeccionó el arte de parecer sabio incluso cuando el guion era puro disparate galáctico. Su llegada al cine de superhéroes y ciencia ficción demostró que un acento de Oxford podía hacer que un mutante o un androide parecieran profesores universitarios.
El fallecimiento ocurrió el miércoles 28 de octubre en su casa de Los Ángeles. Su portavoz Kelly Bush Novak confirmó que partió de manera tranquila rodeado por su esposa Sunny y su familia. Las complicaciones vinieron de Alzheimer y demencia con cuerpos de Lewy, dos condiciones que redujeron poco a poco su energía sin que el actor perdiera el porte de quien ha dado órdenes a klingons y villanos de Marvel. La familia pidió que en lugar de flores se hagan donaciones al Johns Hopkins Alzheimer’s Disease Research Center Fund y a los recursos para cuidadores de la Alzheimer’s Foundation of America.
En definitiva, Stewart demostró que se puede pasar de vender sillones a salvar galaxias sin despeinarse ni un solo cabello. Su legado queda flotando entre las estrellas, esperando que alguien más recite “engage” con la misma clase.




