Ante un drama nacional que casi detiene los relojes, el senador Gerardo Fernández Noroña intervino para calmar las aguas. La tragedia que paralizó al país: a la senadora Malú Mícher le cambiaron las reglas de acceso al Salón Premier de Aeroméxico el 17 de octubre. Noroña, con la serenidad de un monje tibetano, reconoció un “error”.
El legislador explicó que “se vuelven locos los de la derecha”, quienes al parecer imaginaron que los senadores de Morena deberían viajar en burro y comer solo alpiste para demostrar su compromiso. Noroña, quien con toda tranquilidad aclaró que él paga su acceso al salón de American Express, describió a los críticos como “racistas y clasistas” por confundir la austeridad pública con una especie de voto de pobreza monacal que debe imponerse en la vida privada de los legisladores. La polémica se desató porque Mícher simplemente exigió una explicación a la aerolínea por los cambios.
Con la paciencia de un instructor de yoga, diferenció la austeridad republicana de las decisiones personales. Explicó que una cosa es administrar con rectitud el dinero del pueblo, y otra muy distinta es forzar a alguien a una huelga de hambre para demostrar su pureza ideológica. Según su tesis, mientras los ingresos sean completamente legales y transparentes, cada quien es libre de gastar su quincena en un sillón cómodo, en un café caro o en una colección de figuritas de acción.
Mientras la senadora Mícher solo busca una reunión con Aeroméxico, como lo haría cualquier cliente con una queja legítima, el país contiene la respiración. La gran pregunta que definirá el futuro de la nación sigue en el aire: ¿la justa medianía que predica el movimiento incluye o no el acceso prioritario a café y galletitas de cortesía?



