En un acto de heroísmo contra el almanaque, el corredor Jorge Luis Cruz decidió que un récord mexicano que llevaba vigente desde que la gente usaba hombreras ya olía a guardado. En el Maratón de Chicago, corrió como si lo persiguiera la cuenta del internet, estableciendo una nueva e impresionante marca nacional.
La hazaña anterior, propiedad del legendario Dionicio Cerón desde 1985, era prácticamente una pieza de museo. Con 2 horas, 8 minutos y 30 segundos, ese tiempo había visto pasar presidentes, mundiales y varias crisis económicas. Era tan antiguo que probablemente se estableció escuchando un Walkman. Pero Cruz, con la insolencia de sus 30 años, llegó a la ventosa ciudad para aplicar una necesaria actualización de sistema. Cronometró 2 horas, 8 minutos y 13 segundos, una diferencia de 17 segundos que para un maratonista es una eternidad y para el resto de nosotros, el tiempo que tardamos en encontrar el control remoto. Su logro fue tan notable que casi opacó a los ganadores oficiales, el keniano Amos Kipruto y la etíope Hawi Feysa, quienes seguramente se preguntaban por qué la tribuna mexicana celebraba con tanto escándalo. La respuesta es simple: estaban presenciando historia pura, mientras el mexiquense le bajaba un minuto y medio a su mejor marca personal. Lo hizo gracias a una fórmula secreta: nutrición de primera, fisioterapia para no desarmarse en el intento y una mente más fuerte que el picante de habanero.
Cruz confesó que el verdadero combustible fue escuchar a los paisanos gritarle en español, describiéndolo como «gasolina pura». Y es que nada motiva más que un «¡Dale, campeón!» con la fuerza de un regaño de mamá. Dedicó el triunfo a México, inspirándonos a todos a correr… directamente al refrigerador para celebrar.



