En Jalisco, la simple propuesta de un nuevo acueducto ha desatado más melodrama que final de telenovela. Colectivos ciudadanos, aparentemente entrenados en el arte del pánico escénico, se congregaron en el Congreso para advertir sobre el apocalipsis hídrico que, según ellos, traerá el plan del gobernador Pablo Lemus Navarro.
El villano de esta ópera bufa es un esquema llamado C-MRO, que suena a droide de una galaxia muy, muy lejana. Los colectivos, con la solemnidad de quien anuncia el fin del mundo, advierten que este pacto con empresas privadas por 25 años es básicamente venderle el alma del agua al diablo corporativo. Blandiendo papeles, denuncian sobrecostos y fallas técnicas como si hubieran encontrado los planos de la Estrella de la Muerte en lugar de un proyecto ejecutivo para reemplazar un sistema que conduce agua desde Chapala.
Mientras tanto, el gobernador Lemus solo quiere cambiar un tubo viejo por uno nuevo y brillante para que el agua de Guadalajara no sepa a reliquia. La presidenta Claudia Sheinbaum, en su papel de supervisora zen de la infraestructura nacional, escuchó el plan con paciencia infinita. Con la sabiduría de quien sabe que las carreteras no son plomería, señaló que “agua es distinto” y ahora, junto a Conagua, analiza la propuesta con la precisión de un cirujano antes de decidir si el gobierno federal apoya la megaobra de 65% del agua de la metrópoli.
Así que, mientras los activistas preparan su próxima obra de teatro callejero, Jalisco espera el veredicto federal. La decisión final sobre si el agua fluirá por un tubo del futuro o seguirá viajando en una antigüedad del pasado está en manos de quienes saben que la plomería es cosa seria.




