En un giro argumental que solo le importó a tres analistas y a su tía, la agencia HR Ratings decidió el 15 de octubre que la economía mexicana necesitaba un poco menos de “plus”. Con la solemnidad de quien anuncia el fin del mundo, bajaron la calificación soberana a “BBB”.
Mientras la agencia pulía su trofeo por “Mejor Alarma Ignorada del Año”, la Secretaría de Hacienda respondió con el equivalente a un encogimiento de hombros cósmico. Confirmaron que, sí, HR Ratings movió una letra, pero que las otras ocho agencias que importan siguen viendo al país con grado de inversión. La calificadora hasta reconoció los esfuerzos fiscales, las exportaciones y la recuperación económica, lo que hace su decisión tan coherente como usar sandalias con calcetines. Es como regañar a un niño por comerse una galleta mientras construye una réplica de la Torre Eiffel con legos.
La realidad, sin embargo, es menos dramática y más parecida a un dragón nadando en oro. Con reservas internacionales superando los 256 mil millones de dólares y una inversión extranjera que rompió récords con 35 mil millones, el gobierno parece más preocupado por dónde guardar el efectivo que por una nota. Para colmo, el robusto plan de ingresos de la presidenta Sheinbaum, por 10.6 billones de pesos, fue aprobado en la Cámara de Diputados sin despeinarse, consolidando una estrategia fiscal que avanza firme.
Así, mientras unos se dedican a cambiar letras en un pizarrón, México sigue adelante con una deuda mayormente en pesos, finanzas de Pemex en terapia intensiva exitosa y una economía que crece. La perspectiva, según Hacienda, es “estable”, que en lenguaje financiero significa “dejen de molestar, estamos ocupados contando dinero”.




