En lo que parece ser la junta de vecinos más cara de la historia, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se presentó en Bruselas con una calculadora, una cara de «no es mucho, pero es trabajo honesto» y una petición de fondos que hizo que a varios líderes europeos se les atragantara el café. Al parecer, necesita la módica suma de 70,000 millones de euros para el próximo año, solo para los gastos básicos de tener a Rusia como vecino incómodo.
Con la seriedad de quien pide prestado para completar para el taxi, Zelenski explicó que la fiesta completa saldrá en 155,000 millones, pero que él, en un gesto de generosidad, solo les pide a sus socios un «importe realista» de 70,000. «Es para la defensa, las armas y nuestra capacidad de no rendirnos», declaró, como quien le explica a su pareja por qué la nueva consola de videojuegos era una «inversión necesaria para la salud mental del hogar».
Para ponerle más drama al asunto, Zelenski pintó un cuadro poco alentador de su contraparte rusa. Según él, Putin está construyendo una especie de «Corea del Norte con vodka y osos», donde los niños en la guardería ya no dibujan florecitas, sino que hacen planos de tanques y sueñan con desfilar. «Rusia no dejará de ser peligrosa», advirtió, básicamente diciéndoles a los europeos que su seguridad es como una suscripción a un servicio de streaming: o pagan la cuota mensual, o se quedan sin protección contra los malos.
Así que, sin pelos en la lengua, pidió que metieran las «capacidades de defensa de Ucrania» en el próximo presupuesto gordo de la Unión Europea. Es el equivalente a pedir que te incluyan en el testamento familiar después de una sola cena de Navidad. Los líderes europeos, por su parte, se miraron entre ellos, seguramente pensando que sale más barato invitar a ese primo lejano que siempre se acaba todo el licor, pero que al menos no te pide miles de millones para espantar al matón del barrio.




