En las oficinas de Meta, donde las sillas son más inteligentes que algunos directivos, se les escaparon unos mensajitos internos que huelen más a chamusquina que parrillada de domingo. Resulta que sus propios empleados admitieron, entre cafés y memes, que el algoritmo de Instagram, ese duende digital caprichoso, decidió que la cuenta de Luiz Inácio Lula da Silva era tan interesante como ver secar pintura durante las elecciones de Brasil.
Mientras al opositor, Flávio Bolsonaro, lo promocionaban más que a producto milagro en la teletienda de medianoche, a Lula le aplicaron el «modo fantasma». Sus publicaciones salían sin botón para compartir, como si dijeran «míralo pero no lo toques, que gastas». Los videos se reproducían a la velocidad de un colibrí con cafeína y sin sonido, un auténtico cine mudo para la era digital que ni Charles Chaplin se atrevió a tanto. Básicamente, le pusieron un bozal digital para que no hiciera mucho ruido.
El equipo de Lula, más ofendido que vegano en un asado, corrió a chillarle a la Organización de los Estados Americanos. «¡Señora directora, Meta no me deja jugar!», fue básicamente el reclamo, acusando a la empresa de manipular las elecciones con más torpeza que un pulpo tratando de tejer una bufanda. Aseguran que la cancha estaba tan inclinada que parecía el tobogán de un parque acuático.
Y como en toda pelea de patio de colegio, tuvo que llegar un adulto a poner orden. Un juez brasileño le sacó la tarjeta amarilla a Meta: «O dejan de jugar sucio y tratan a los dos candidatos por igual, o les quito el balón y no hay postre». Incluso le advirtieron a su robotito de inteligencia artificial que se dejara de favoritismos, no vaya a ser que la máquina decida que el próximo presidente sea una tostadora.
Así que ya saben, la próxima vez que su foto del desayuno tenga cero «me gusta», no es que sea aburrida, es que probablemente un algoritmo en California decidió que usted no es presidenciable. O eso, o su tostada realmente era muy sosa.




