En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela de las nueve, el magnate y expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su colega chino, Xi Jinping, han decidido que el futuro de la inteligencia artificial es… pues, dejarlo como está. Tras una profunda reflexión que probablemente duró lo que un comercial de detergente, ambos líderes concluyeron que es mejor no moverle al asunto, no sea que la tostadora empiece a pedir un aumento de sueldo.
El anuncio, digno de un premio a la procrastinación global, llegó a través de una publicación en redes sociales. «Gran día con el presidente Xi. La Superinteligencia será un tema importante, pero quiero dejarlo exactamente como está», tecleó Trump, usando su término patentado que suena a nombre de un luchador enmascarado de segunda. Según el exmandatario, China está en el mismo barco, prefiriendo la táctica del avestruz: si no lo miras, quizá el robot no te robe la cartera.
Y para que la humanidad duerma tranquila, Trump reveló el arma secreta, el escudo impenetrable que nos protegerá de Skynet: «¡Nuestra barrera de seguridad es el DoJ!». Así es, el Departamento de Justicia. Se presume que, en caso de una rebelión de las máquinas, un fiscal con cara de pocos amigos le presentará una citación a la computadora central y la amenazará con 30 años de cárcel sin derecho a fianza ni a actualizaciones de software. Una estrategia sin fisuras.
Así que ya lo sabe. Mientras los ingenieros y filósofos debaten sobre los peligros existenciales de una IA sin control, los líderes del mundo han optado por la solución más sencilla: cambiar de canal. Al parecer, las preocupaciones sobre un futuro distópico son menos importantes que decidir quién paga la cuenta del almuerzo. El futuro está en buenas manos… o al menos, en manos que prefieren no tocar nada.



