¡Atención, proletarios con coche! Si pensaban que la cuesta de enero era dura, esperen a ver la cuesta de la gasolinera, que ya parece el Everest. El precio del diésel en la vieja y sufrida Europa ha decidido que ser asequible es para perdedores y se ha disparado a un nuevo máximo histórico, dejando las carteras más secas que la boca de un político en un detector de mentiras.
Según los genios de la Comisión Europea, que cuentan billetes con una mano mientras nos dan palmaditas en la espalda con la otra, el litro de este elixir del diablo ha alcanzado la módica suma de 2.23 euros. ¡Una ganga! Países como Alemania, Francia e Italia están liderando la carrera para ver quién desfalca primero a sus ciudadanos, todo gracias al patrocinio de las simpáticas crisis energéticas que están más de moda que los bailes ridículos en las redes sociales.
Los campeones indiscutibles del sablazo son Dinamarca y Finlandia, donde llenar el tanque te cuesta lo mismo que comprar una pequeña isla en el Caribe o sobornar a un árbitro de la FIFA. Les siguen de cerca los alemanes, belgas y franceses, que ya están considerando declarar sus coches como bienes de lujo para poder deducir algo en la declaración de la renta.
Mientras tanto, en España y Suecia, la cosa no llega a los niveles de pánico de 2022, pero el aumento se siente como una lenta y dolorosa depilación con cera en el alma. Así que ya sabe, la próxima vez que vaya a la gasolinera, considere llevar un riñón como forma de pago o empiece a entrenar a sus hámsteres para que hagan girar una dinamo. Cualquier cosa es más barata que seguir alimentando a la bestia.




