En una movida que tiene menos sentido que ponerle catsup a los chilaquiles, Rusia y Estados Unidos anunciaron que volverán a ser amiguitos de negocios. Resulta que, tras una llamada de esas de «no cuelgues tú, cuelga tú primero», Trump decidió que las sanciones eran para los perdedores y que ya era hora de comprarle diésel al compadre Vladimir. Los contratos, al parecer, se están firmando en servilletas de bar mientras se echan una partida de dominó.
Un tal Kirill Dmitriev, cuyo título oficial suena a «Encargado de Abrazos y Tratos Turbios del Kremlin», salió a decir con una sonrisita que están en «contacto muy estrecho, cada hora», con los gringos. Básicamente, se están mandando más mensajes que un adolescente enamorado, probablemente llenos de emojis de barriles de petróleo y corazoncitos. «Todo avanza rapidísimo», dijo, como si estuvieran organizando una carne asada de último minuto y no un acuerdo que pone de cabeza la geopolítica mundial.
Por su parte, el viceprimer ministro de Energía ruso, Alexander Novak, ya está haciendo cuentas alegres como si se hubiera sacado la lotería. Confirmó que van a venderle a Estados Unidos suficiente diésel como para llenar todas las albercas de los millonarios de Beverly Hills. Según él, esto «reducirá los precios» y traerá «ingresos fiscales adicionales» al presupuesto ruso. O sea, más lana para seguir construyendo tanques que parecen salidos de una película de ciencia ficción barata, mientras el ciudadano de a pie sigue comiendo papas con vodka.
Mientras tanto, en Ucrania, Zelenski casi se atraganta con el café al enterarse. Calificó el acuerdo de «débil» e «indigno», que en lenguaje diplomático significa: «¿Es en serio? ¿Después de todo lo que nos han hecho, ahora se van de fiesta juntos?». Los europeos también pusieron cara de espanto, como cuando te llega el recibo de la luz, aunque en el fondo sigan comprando gas ruso a escondidas. Trump, fiel a su estilo, se encogió de hombros y dijo que tomó «la decisión correcta para el pueblo estadounidense», y de paso les gritó «hipócritas» a los europeos, acusándolos de tener la misma moral flexible que un contorsionista de circo.
Así que, en resumen, el mundo es un reality show donde los protagonistas se pelean a muerte un día y al siguiente comparten el postre. Mientras los líderes mundiales juegan a la tiendita con recursos energéticos, al resto de nosotros solo nos queda esperar que, con suerte, llenar el tanque del coche nos cueste un poco menos para poder ir a trabajar y pagar los impuestos que financian este circo. ¡Salud




