¡Atención, atención! Francia, la tierra del amor, el queso y la gente que juzga tu acento, se convirtió el fin de semana en el escenario de un festival de pirotecnia no autorizado y carreras delante de la policía. Pero mientras las calles olían a neumático quemado y a perfume caro mezclado con gas lacrimógeno, las verdaderas estrellas del espectáculo, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, se lanzaban acusaciones más rápido que un concursante de ‘Saber y Ganar’ apretando el pulsador. Todo esto por unas protestas sobre el poder adquisitivo, que es la forma elegante de decir que el sueldo ya no alcanza ni para media baguette.
La reina del drama ultraderechista, Marine Le Pen, salió con el ceño más fruncido que de costumbre para señalar con su dedo acusador a la «extrema izquierda». Según ella, los seguidores de Mélenchon son como ese primo gorrón que llega a tu fiesta, se bebe todo y acaba rompiendo una lámpara, arruinando la diversión para todos. «¡Han secuestrado las protestas legítimas!», clamó en sus redes sociales, prometiendo que si llega al poder liberará a Francia de las «políticas tóxicas macronistas», como si fuera una especie de gurú de la desintoxicación política. Básicamente, su mensaje fue: «Aguántenme tantito, como quien espera a que baje la marea para cruzar a la playa. En seis meses los salvo a todos». Su segundo al mando, Jordan Bardella, repitió la lección como niño de primaria, llamando a los alborotadores «profesionales del caos».
Desde la otra esquina del cuadrilátero, el líder de la comuna progre, Jean-Luc Mélenchon, puso cara de «yo no fui» y acusó a los medios de comunicación de ser unos exagerados. «¡Es una conspiración de los medios! Mis muchachos solo estaban haciendo una coreografía pacífica y cantando canciones de autor, y de repente, ¡zas!, aparecieron unas fogatas de la nada», parecía decir. «‘Dos mundos, dos realidades'», sentenció, como si estuviera eligiendo entre la pastilla roja y la azul, pero en versión baguete. Sus acólitos insistieron en que todo era una «convergencia de luchas», una especie de ‘bufé libre’ de indignación donde cada uno se servía lo que más le apetecía.
Mientras tanto, en el mundo real donde las cosas explotan, el balance fue de más de 1.200 detenidos, que no es moco de pavo. En Marsella, unos valientes intentaron un refrito de la Revolución Francesa gritando «¡Estamos tomando la Bastilla!» mientras derribaban la puerta de un ayuntamiento. En Lyon, el enfrentamiento fue un duelo de titanes: de un lado, jóvenes con capuchas y morteros de fuegos artificiales; del otro, la policía con su catálogo de gases, granadas y chorros de agua. Y como en toda buena secuela, regresaron los «chalecos amarillos», esos personajes que nunca sabes si van a arreglar el pinchazo del país o a prenderle fuego al coche.
Al final del día, mientras la élite política debate quién tiene la culpa del desastre en su cuenta de X, el francés promedio sigue haciendo cuentas para llegar a fin de mes, mirando los escaparates tapiados y rezando para que el próximo cruasán no venga con un impuesto sorpresa o, peor aún, una pizca de gas lacrimógeno.



