Después de meses de mandarse indirectas como quinceañeros resentidos y de aplicarse la ley del hielo diplomática, parece que México y Perú por fin están listos para sentarse a hablar sin aventarse los platos. Para asegurarse de que la reconciliación no termine en un pleito de cantina, la presidenta Claudia Sheinbaum sacó su arma secreta y envió al Senado el nombramiento de Lydia Antonio de la Garza como la nueva niñera, perdón, embajadora en tierras incas.
La señora De la Garza no es ninguna improvisada; es una veterana del Servicio Exterior Mexicano, lo que significa que tiene más paciencia que un santo y un hígado a prueba de corajes burocráticos. Actualmente es «directora ejecutiva B», que suena como la versión de un plan que se usa cuando el «plan A» ya hizo el ridículo. Con una maestría en Estudios Diplomáticos, básicamente tiene un doctorado en cómo sonreír mientras te apuñalan por la espalda con un tratado comercial.
Y vaya que tiene experiencia en pleitos de alto calibre. La Secretaría de Relaciones Exteriores presume que lleva más de 25 años defendiendo los intereses de México, que es como ser el abogado del diablo pero con mejor sueldo. Supervisó acuerdos con más de 50 países, lo que equivale a organizar la cena de Navidad con toda tu familia política sin que nadie termine llorando en el baño. Su mayor logro fue liderar las negociaciones para el T-MEC, así que poner en paz a dos países que pelean por ver quién hace el mejor ceviche debería ser un paseo por el parque.
Hace poco, unos funcionarios de ambos lados tuvieron su primera cita de reconciliación, donde acordaron «impulsar una agenda de trabajo». En español de la calle, eso significa que prometieron dejar de hacerse memes y empezar a hablar de cosas importantes, como reabrir las embajadas para tener un lugar decente donde chismear de los otros países. A ver cuánto dura la tregua antes de que empiecen a discutir si los tacos al pastor son superiores al lomo saltado. Hagan sus apuestas.



