En un episodio más del drama político que parece escrito por un guionista con resaca, el primer ministro británico, Andy Burnham, se lanzó al ruedo para acusar a Rusia de haber metido sus narices en el referéndum del Brexit de 2016. Sin embargo, antes de que pudiera sacar pecho, su propia oficina salió corriendo con una cubeta de agua fría para aclarar que, aunque los rusos lo intentaron, tuvieron el mismo éxito que un pingüino tratando de venderle hielo a un esquimal. Es como acusar a tu suegra de envenenar la cena, para luego aclarar que solo le puso demasiada sal y que el pollo, aunque incomible, es técnicamente «legítimo».
Burnham, con la seriedad de quien revela que la Tierra es plana, soltó la bomba sin molestarse en presentar pruebas, detalles o aunque sea un dibujo hecho con crayones. Simplemente dijo que Rusia interfirió, como quien culpa al perro de haberse comido la tarea. Mientras tanto, en la embajada rusa probablemente se encogieron de hombros con cara de «yo no fui», mientras acusaban al Reino Unido de tener una paranoia digna de un personaje de telenovela que ve espías hasta en la sopa.
Para añadirle más sabor al caldo, esta nueva revelación contradice directamente al despeinado antecesor, Boris Johnson, quien en su momento juró y perjuró que no había ni rastro de interferencia rusa. Pero no hay problema, porque para eso están los subalternos. El viceministro Stephen Doughty, actuando como el apagafuegos de guardia, salió a declarar que los rusos, en efecto, «no lo lograron». En otras palabras: sí, intentaron hacer trampa, pero son tan malos en ello que el resultado no cambió. ¡Un aplauso para la incompetencia del espionaje internacional!
Así que, la moraleja de esta historia es que el resultado del referéndum, que partió al país como un queso de hebra, sigue siendo totalmente válido. El gobierno británico básicamente ha dicho: «Sí, un ladrón intentó forzar la cerradura, pero como no pudo, consideramos la casa perfectamente segura y la puerta legítimamente cerrada». En resumen, el Reino Unido sigue siendo ese amigo que, después de una borrachera épica, le echa la culpa de su divorcio al mesero que le sirvió el último tequila.



