Francia ha decidido que protestar por el alto costo de la vida y los servicios públicos destrozados es muy peligroso, así que ha recortado el recorrido de la manifestación como si fuera un niño al que no se le puede soltar en el parque. Quince mil personas salieron este sábado desde la Puerta de Bagnolet, vigiladas por setenta mil agentes, drones, helicópteros y vehículos blindados, todo para evitar que alguien se emocionara demasiado y acabara robando una tienda de disfraces.
El Consejo de Estado, esa institución que parece la suegra de la democracia, le dijo que no a los sindicatos que querían pasar por la Bastilla y terminar en la Concordia. Resultado: ruta corta, metro cerrado y escaparates tapados con madera como si París se preparara para un apocalipsis de zombis con mochila. Los chalecos amarillos, que soñaban con desfilar frente al Elíseo, se quedaron con las ganas de ver de cerca cómo vive la gente que decide sus impuestos.
Los estudiantes, que empezaron todo esto bloqueando institutos, ya anuncian que el martes volverán a las barricadas y el día 5 habrá huelga general. El Gobierno, mientras, presume de que solo detuvo a veintisiete personas frente a las doscientas diecisiete de la semana pasada. O sea, que la situación está “globalmente en calma”, que es la forma elegante de decir que nadie ha prendido fuego a un coche esta vez.
Para rematar la paranoia, hay toques de queda nocturnos en zonas como la plaza de la República y Châtelet-Les Halles. Los menores sin adulto no pueden circular después de las nueve, porque el Ejecutivo teme que aprovechen Halloween para hacer botellón revolucionario. Al final, parece que el mayor riesgo no son los manifestantes, sino que alguien se disfrace de chaleco amarillo y pida caramelos frente a la Asamblea Nacional.




