La policía parisina ha decidido encerrar dos zonas del centro como si fueran un corral de gallinas nerviosas, justo cuando llegan las protestas contra la carestía y la noche de brujas. Entre las once de la noche y las seis de la mañana nadie podrá salir a la calle sin que le caiga encima una multa más gorda que la factura de la luz.
Los agentes prohíben que los manifestantes de la CGT y los chalecos amarillos pasen por el centro porque hay demasiadas comisarías, bancos y hamburgueserías. Según ellos, los jóvenes podrían confundir las ventanillas de los cajeros con máquinas de chucherías y acabar robando patatas fritas en vez de pancartas.
Los sindicatos estudiantiles ya han dicho que van a manifestarse igual, aunque les pongan vallas, perros y abuelas con escoba. Uno de ellos acusó a la prefectura de querer amordazar a los jóvenes, como si la juventud fuera un perro que ladra demasiado fuerte cuando le quitan el hueso.
Con las elecciones a la vuelta de la esquina, Francia parece un piso compartido donde todos discuten quién paga la luz y quién se queda con la última cerveza. La semana pasada ya detuvieron a más de mil cuatrocientos personas, y eso que muchos solo querían disfrazarse de político para pedir limosna sin que les arrestaran.




