Miles de jóvenes y obreros salieron a las calles de Italia como si les hubieran subido el precio del café hasta niveles de extorsión mafiosa. Exigían más plata para universidades y un respiro ante el costo de vida que les aprieta el cuello como corbata de verdugo.
La protesta incluyó campamentos de carpas, ocupaciones y una huelga general que dejó las aulas más vacías que el bolsillo de un estudiante al final de mes. En varias ciudades aparecieron tractores, taxis y banderas palestinas mezcladas con pancartas que gritaban “recuperemos nuestro futuro” mientras la policía antidisturbios montaba guardia como suegras en una boda.
En Roma la marcha pasó junto al Coliseo con megáfonos y consignas contra el rearme del gobierno de Meloni. Un jubilado llevaba un cartel que decía “hartos y furiosos”, y una estudiante de veintiún años explicó que las habitaciones de residencia cuestan hasta mil doscientos euros, cifra que hace que los padres sueñen con vender un riñón en el mercado negro.
En Milán algunos encapuchados aprovecharon para romper vidrieras y saquear comercios, recordando que cuando hay bronca siempre hay quien convierte la manifestación en outlet gratuito. El gobierno respondió endureciendo las leyes de protesta y facilitando la detención de menores, como si los jóvenes fueran el verdadero peligro y no los precios del combustible.
Mientras tanto, el Ejecutivo aprobó ayudas millonarias para camioneros y agricultores, pero los estudiantes y jubilados siguen esperando que les llegue algo más que migajas y discursos sobre “presupuesto 2027”. Al final, la única certeza es que en Italia hasta protestar sale caro, sobre todo si te toca pagar la multa después.




