En lo que parece ser un capítulo más de la serie “Mi ex es un patán”, la jefa máxima de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, salió al balcón a gritarle al mundo que las sanciones contra Rusia se quedan. Al parecer, la UE le aplicó a Moscú la ley del hielo y no piensa levantarle el castigo hasta que termine su berrinche en Ucrania, como una madre que le quita la consola al niño hasta que no recoja su cuarto.
Ante un parlamento más atento a los memes del móvil que a su discurso, Von der Leyen recordó con un tonito de telenovela venezolana que “fue Rusia quien cortó el suministro de gas”, como si estuviera hablando del infiel que canceló la cuenta de Netflix que compartían. Afirmó que Rusia no es un proveedor de fiar, que es como ese compadre que te pide prestado para “una emergencia” y al día siguiente lo ves subiendo fotos desde Cancún. “¡Esa es una lección que Europa nunca olvidará!”, sentenció, mientras de fondo se escuchaba un violín dramático imaginario.
Pero aquí viene lo bueno. Mientras en Europa se daban golpes de pecho y jugaban a ser la víctima ofendida, al otro lado del charco, Donald Trump y Vladímir Putin se estaban mandando mensajitos por debajo de la mesa. En un giro de guion más inesperado que el final de una película de misterio, los dos líderes acordaron que un poquito de diésel ruso no le hace mal a nadie, sobre todo si está a precio de liquidación. Al parecer, la crisis en Estados Unidos por el precio de la gasolina es más fuerte que cualquier rencor geopolítico.
Así que, para confirmar que el mundo es un chiste que se cuenta solo, el viceprimer ministro ruso anunció, con la sonrisa de quien acaba de vender arena en el desierto, que ya está en camino un primer cargamento de 40.000 toneladas de diésel para sus nuevos mejores amigos en Estados Unidos. El envío es el primero de muchos, demostrando que mientras unos se pelean por principios, otros hacen negocio. Al final, parece que en la política internacional, como en las rebajas de fin de temporada, el que no corre, vuela.




