Japón y Taiwán están negociando un acuerdo económico tan amplio que podría firmarse antes de que acabe el año y dejar a Taipéi con un respaldo comercial capaz de hacer rabiar a Pekín hasta el punto de que se le caigan las tazas de té. El modelo que copian es el que ya sellaron Reino Unido y Taiwán en 2023, ese que permite ir añadiendo capítulos sectoriales sin que parezca una boda formal que moleste a los suegros.
El borrador habla de resiliencia económica, innovación, comercio digital, sostenibilidad y, lo más jugoso, cooperación para reducir riesgos de desastres con drones. Sí, drones. Porque cuando tiembla la tierra, nada mejor que unos aparatitos voladores que parecen zánganos borrachos para llevar socorro antes de que llegue la ayuda oficial.
China, por supuesto, ya está haciendo pucheros diplomáticos. El régimen considera a Taiwán parte de su territorio y se pone como gato escaldado cada vez que alguien habla con la isla sin su permiso. Taipéi responde con la misma cara de “yo no fui” que pone el adolescente cuando le pillan con la nevera abierta a medianoche.
El escándalo reciente de acoso laboral que costó el puesto a la responsable de comercio taiwanesa ha dejado el ambiente un poco más picante, pero las negociaciones siguen adelante como si nada. Japón, que antes andaba con pies de plomo por no enfadar a su vecino gigante, ahora ve que la seguridad económica es más importante que quedar bien en la próxima reunión del vecindario.
Los semiconductores son el verdadero pegamento de esta relación. Taiwán fabrica chips como quien hace tamales en diciembre y Japón los compra a saco, mientras le vende maquinaria y materiales que parecen sacados de una película de ciencia ficción. El proyecto en Kumamoto, con Taiwan Semiconductor y empresas japonesas, ya parece una boda de conveniencia tecnológica que nadie quiere reconocer en voz alta.
Al final, el entendimiento no va contra nadie, dicen los analistas. Solo pretende que las cadenas de suministro no dependan de un solo proveedor que pueda enfadarse y cerrar la llave del grifo cuando le dé la gana. Porque en el mundo adulto de la geopolítica, confiar solo en un socio es como dejar las llaves del coche al cuñado: siempre acaba saliendo caro.




