Parece que en Francia la cosa se puso más tensa que cinturón de luchador de sumo después de la cena de Navidad. El gobierno, actuando como ese papá harto que te quita el internet, ha decidido que a partir de ahora, en varias ciudades, los menores tienen que estar en casita antes de que salga el coco. París, Lille y Niza ahora tienen toques de queda, porque al parecer, sus ciudadanos se tomaron muy en serio lo de «iluminar la ciudad». Es como un arresto domiciliario pero a nivel metropolitano, solo que en vez de quitarte la consola, te quitan el derecho a quemar un ayuntamiento por la noche.
El primer ministro Sébastien Lecornu, con cara de «no me pagan lo suficiente para esto», salió a declarar con la determinación de quien intenta armar un mueble de IKEA sin instrucciones: «Mi determinación de restablecer el orden es absoluta». Y no es para menos, después de un fin de semana donde el deporte nacional fue el «saqueo sincronizado» y la «decoración de interiores con fuego». Casi 3,000 tiendas terminaron con menos inventario que un político con memoria, y el gobierno, en un acto de fe conmovedor, le ha pedido a las plataformas de reventa en línea que por favorcito no vendan los televisores y licuadoras que misteriosamente aparecieron «de oferta» después del caos.
Como en toda buena pelea familiar, ahora toca buscar culpables. Desde el otro lado del charco, el siempre sutil Donald Trump, probablemente entre una partida de golf y un tuit, culpó a la «inmigración». Un clásico de su repertorio. Mientras tanto, los políticos locales, más predecibles que el final de una telenovela, acusaron a «grupúsculos de extrema izquierda» de querer arruinar la fiesta. Nadie parece mencionar que la gente está un poquito molesta porque el sueldo ya no alcanza ni para un cruasán decente, pero esos son detalles técnicos.
La cosa está tan entretenida que hasta China y Alemania le han dicho a sus turistas: «Oigan, vayan con cuidado, que los franceses andan de un humor que ni un lunes por la mañana». Y no se crean que es un espectáculo exclusivo, que Bélgica e Italia también se unieron al festival de la queja callejera. Parece que la inflación en Europa está pegando más fuerte que el despecho después de una ruptura. Para rematar, los sindicatos ya anunciaron más huelgas para noviembre. Porque si algo soluciona un incendio, es echarle más gasolina. ¡Ah, la lógica europea



