Francia estrena su nuevo cohete nuclear, pero le quita las pilas para no romper nada

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En un arranque de «miren qué grande lo tengo», Francia decidió que era un martes perfecto para jugar a la guerra. Emmanuel Macron, cual padre orgulloso en el festival de fin de curso de su hijo, se sentó en primera fila para ver el lanzamiento de su nuevo juguetito, el misil M51.3. Un cohete con capacidad nuclear pero, ¡ojo al dato!, sin la carga explosiva. Básicamente, fue el equivalente geopolítico a comprarse un deportivo de lujo y sacarlo a pasear en primera marcha para no gastar gasolina.

Informe El Chapucero

El misil, disparado desde el submarino «Le Vigilant» (El Vigilante, porque claramente estaba vigilando que ningún pez se pasara de listo), surcó los cielos de Bretaña para acabar dándose un chapuzón en medio del Atlántico. El Ministerio de Defensa aseguró, con el pecho inflado, que cayó «a cientos de kilómetros de cualquier litoral», confirmando la sospecha de que la mayor amenaza actual para la vida marina son los delirios de grandeza franceses. Los delfines de la zona ya están organizando un comité de protesta.

Todo este teatro carísimo, por supuesto, es para mandarle un recadito a Rusia. Macron, que últimamente se siente el gallito del corral europeo, dice que esto demuestra «la excelencia de la industria francesa». Claro que sí, campeón. La misma excelencia que se necesita para hacer un buen queso, pero aplicada a evaporar ciudades. El presidente incluso ha ofrecido compartir su «disuasión nuclear» con sus vecinos, lo que suena menos a una alianza y más a ese amigo que se compra una piscina y te invita a bañarte, pero te cobra la entrada y te obliga a escuchar su música.

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