En un giro de los acontecimientos más predecible que el final de una telenovela, Estados Unidos y China, la pareja más disfuncional de la economía mundial, han decidido no aventarse los platos a la cabeza, al menos por ahora. Tras una cumbre que seguramente tuvo más tensión que una cena familiar con la suegra, Donald Trump y Xi Jinping acordaron bajarle dos rayitas a su pleito y reducirse mutuamente los aranceles en chucherías por un valor de 30,000 millones de dólares. Básicamente, firmaron la paz en una servilleta a cambio de un montón de tiliches.
¿Y qué se van a intercambiar estos dos colosos para sellar su amorío temporal? Pues agárrense, porque la emoción es desbordante. Estados Unidos enviará productos agrícolas, madera y cosméticos, seguramente para que los osos panda de China estén siempre presentables y con el cutis perfecto. A cambio, China mandará pequeños electrodomésticos que probablemente dejen de funcionar al tercer uso, juguetes que cantan en un idioma indescifrable y artículos de decoración que tu tía compraría en un mercadillo. Un intercambio justo, si lo que buscas es llenar el cajón de los trebejos.
El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, se puso su mejor cara de póker y declaró que esta visita «ha abierto un nuevo capítulo» y tendrá un «impacto de gran alcance en la paz mundial». Traducido del diplomático al español de a pie: «Dejamos de gritarnos por un rato para que no se desplomen las bolsas y podamos seguir vendiéndonos cositas que nadie necesita». Esta tregua es el equivalente a cuando una pareja decide «darse un tiempo» en lugar de admitir que ya no se soportan, todo para no tener que dividir la colección de películas todavía.
Como si el intercambio de cacharros no fuera suficiente, también se pusieron filosóficos y hablaron de inteligencia artificial. En un arranque de creatividad digno de un guionista de Hollywood en apuros, acordaron llamarla «superinteligencia». Seguramente le pusieron un nombre más rimbombante para que suene a película de superhéroes y no a que una tostadora con ínfulas de grandeza nos va a aniquilar a todos. Prometieron volver a hablar del tema, probablemente cuando se aburran de nuevo de discutir sobre aranceles.
Para rematar el teatrito, también se pusieron de acuerdo en temas de política exterior, como decirle a Irán que se porte bien y acordar que nadie puede poner un peaje en medio del océano. Unos logros monumentales. Al final, esta cumbre fue como esas reuniones de la comunidad de vecinos: mucho ruido, promesas de que se van a arreglar las goteras y la certeza de que en dos meses volverán a pelearse por quién saca la basura.


