¡Atención, nostálgicos del siglo XX! Ecuador ha decidido que la electricidad es demasiado moderna y silenciosa, así que ha puesto en marcha un plan maestro para regresar a la gloriosa era del ruido y el humo. En una movida estratégica que dejaría perplejo a cualquier economista con dos dedos de frente, el país está cambiando la energía hidroeléctrica, limpia y barata, por generadores a diésel que suenan como una licuadora llena de tuercas y cuestan más que la cuenta del bar después de una final de fútbol.
La matemática detrás de esta genialidad es para enmarcarla: el gasto en importar diésel se disparó un 60%, alcanzando la módica suma de 2.259 millones de dólares. ¿Y cuánto más combustible trajeron? Apenas un 4,8% adicional. Es el tipo de oferta que te intentan vender a las 3 de la mañana en un infomercial: ¡pague el doble y llévese casi lo mismo! El precio del barril pasó de ser un susto a ser un infarto, subiendo de 97 a 173 dólares. Con esos precios, cada barril debería venir con un boleto dorado para visitar la fábrica de Willy Wonka.
Mientras tanto, las industrias del país han sido invitadas a un emocionante juego de «búsqueda del tesoro» donde el tesoro es un enchufe que funcione. Unas 9.080 empresas se vieron obligadas a desempolvar sus viejos generadores, esos monstruos olvidados en el sótano que ahora son la estrella del espectáculo. La demanda de diésel industrial se fue a las nubes, subiendo un 37,6%, porque nada dice «productividad» como un galpón lleno de humo y el ruido ensordecedor de un motor que pide clemencia. Es como intentar trabajar en medio de una parrillada industrial descontrolada.
Y como si fuera poco, conseguir el preciado combustible se ha convertido en una odisea. Los camiones cisterna hacen filas más largas que las del banco en quincena, con esperas de hasta cinco horas. Petroecuador, con la calma de quien ve llover desde la ventana, asegura que no hay desabastecimiento general, solo una «alta demanda emocional». Mientras tanto, la principal refinería del país parece que se tomó unas vacaciones forzadas después de un «pequeño incidente» con fuego, dejando al país más expuesto que un turista sin bloqueador solar a los precios internacionales.
En resumen, Ecuador enfrenta una encrucijada existencial: o se quedan a oscuras escuchando grillos, o se arruinan pagando un combustible carísimo para mantener las luces prendidas y el aire con un agradable aroma a taller mecánico. Una decisión que, sin duda, pasará a los anales de la historia como una de las estrategias energéticas más creativas y catastróficamente caras de la década. ¡A encender las velas, que al menos son más baratas



