Prepárense para la avalancha de prosperidad, porque los genios de la economía han sacado sus calculadoras y han decretado que el aumento del salario mínimo para 2027 podría ser de un glorioso 7,7%. Esto se traduce en la estratosférica suma de unos 134.800 pesos adicionales al mes, lo suficiente para comprar un par de pollos asados y quizás una gaseosa familiar. Con este ajuste, el sueldo pasaría de 1.750.905 a unos 1.885.700 pesos, una cifra que hará temblar los cimientos del capitalismo mundial.
Este número mágico no salió de un sombrero, sino de una fórmula tan sagrada como secreta: inflación más productividad. Según el Banco de Bogotá, se espera que la inflación cierre en un optimista 6,8%, y si a eso le sumamos un pellizco de productividad del 0,9%, ¡listo! Tenemos un aumento que apenas compite con lo que subió el precio del cilantro la semana pasada. Es el tipo de cálculo que solo tiene sentido en una hoja de Excel, lejos del supermercado.
Claro que la realidad es una aguafiestas con diploma. Mientras los bienes importados como televisores y celulares bajan de precio gracias a un dólar debilitado (¡qué ironía!), los alimentos y servicios siguen trepando como si estuvieran entrenando para el Everest. La inflación de los servicios, los que usamos para no vivir en una cueva, ya va por el 7,19% anual. Es el universo diciéndote que te compres una nevera nueva, pero que la dejes vacía para no gastar.
El panorama se pone más entretenido con la llegada de los villanos de temporada. El Fenómeno de El Niño ya está calentando en la banca, listo para entrar a la cancha y disparar el precio de los alimentos hasta la estratosfera. Y no nos olvidemos del precio de los combustibles, ese monstruo que el gobierno mantiene a raya con subsidios, pero que en cualquier momento podría desatarse y devorar ese «generoso» aumento salarial en un solo tanqueo.
Por si fuera poco, hay que recordar que esta cifra del 7,7% es solo una sugerencia técnica, como la que te da tu cuñado sobre cómo arreglar el carro. El año pasado, el gobierno escuchó la propuesta de los empresarios, le dio una palmadita en la espalda y terminó aprobando un ajuste que fue el triple. Así que, en la práctica, el aumento final dependerá más del humor del presidente de turno que de todas las proyecciones económicas juntas.
Al final, la discusión sobre el salario mínimo se parece cada vez más a una rifa de pueblo. Todos hacen sus apuestas, los economistas sacan sus gráficos y la gente de a pie cruza los dedos para que el premio alcance, por lo menos, para pagar la cuenta de la luz sin tener que vender un riñón. Hagan sus apuestas para 2027, que esto se va a poner bueno.



