La península de Crimea amaneció a oscuras como si la suegra hubiera cortado la luz por llegar borracho a las cinco de la mañana. Un ataque con drones ucranianos dejó sin electricidad y sin agua a los ocupantes rusos, que ahora se duchan con botellas de agua mineral tibia y mal humor.
El Ministerio de Defensa ruso presume de haber derribado 616 drones en una sola noche, cifra que suena más a excusa de adolescente que llega tarde a casa que a informe militar serio. Mientras tanto, en Togliatti un dron golpeó una fábrica y el alcalde lo contó como si le hubieran rayado el coche nuevo.
Del otro lado, Ucrania dice que Rusia lanzó 126 drones y que solo 101 llegaron a destino, como cuando tu primo presume de ligar pero en realidad solo consiguió un número equivocado. En Kiev dos heridos y varios sustos, todo más caótico que una boda gitana con tres borrachos peleando por el micrófono.
Lo más surrealista llegó con Starlink. Después de semanas de velocidad limitada como si el internet estuviera castigado por llegar borracho al trabajo, el servicio militar volvió a funcionar por encima de los 161 kilómetros por hora. Zelensky celebró la noticia como quien gana la lotería pero descubre que el premio es un vale para una hamburguesa fría. Trump, por su parte, aseguró que Musk lo arregló todo de un plumazo, como si el empresario fuera un fontanero que llega, da dos golpes con la llave inglesa y cobra el doble.
Ahora las dos partes se preparan para nuevas negociaciones mientras los drones siguen volando como moscas en un matadero. Al final, la única certeza es que nadie sabe quién manda realmente en este numerito: si los gobiernos, los generales o el tipo que controla el router.




