En una de esas jugadas maestras que solo se le ocurren a quien mezcla bebidas energéticas con la medicación para la alergia, el presidente Donald Trump decidió que la mejor forma de apagar un incendio es pidiéndole amablemente un bidón de gasolina al pirómano. Para combatir los precios del combustible, que tienen a los ciudadanos más estresados que un gato en una perrera, Trump sacó de la chistera un acuerdo con Rusia para comprarles diésel, ignorando olímpicamente que su propio país le tiene puesta a Moscú una orden de restricción económica más larga que un discurso de Fidel Castro.
La reacción en el Capitolio fue un coro de grillos seguido de un grito de pánico digno de película de terror. Un grupo de senadores, que al parecer todavía leen las leyes que ellos mismos aprueban, le recordaron a Trump que firmaron un papelito en 2022 que decía, en resumen: «PROHIBIDO COMPRARLE NADA A RUSIA HASTA NUEVO AVISO». Un senador republicano, tuiteando con los dedos temblorosos, advirtió que con este pacto estaban perdiendo más credibilidad que un político prometiendo no subir los impuestos, y que prácticamente le estaban dando a sus adversarios el manual de instrucciones para tomarles el pelo.
Mientras tanto, al otro lado del charco, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, con la paciencia de un santo que enseña a manejar a su abuela, tuvo que explicar en una entrevista lo que parece obvio. Según él, culpar a sus ataques a refinerías rusas por el precio del diésel es como culpar al cartero por las cartas de cobro. Zelenski señaló amablemente hacia el estrecho de Ormuz, insinuando que el verdadero problema es un atasco monumental en una de las autopistas marítimas más importantes del mundo, y no sus drones de fabricación casera.
Así las cosas, Estados Unidos se encuentra en medio de un culebrón geopolítico donde el protagonista intenta solucionar sus problemas domésticos pactando con el villano de la temporada, mientras sus amigos le gritan que ha perdido la cabeza. Mientras los trajeados discuten si el acuerdo es una genialidad o una estupidez monumental, el resto de los mortales sigue mirando el surtidor de la gasolinera con la misma cara que se le pone a uno cuando llega la factura de la tarjeta de crédito después de las vacaciones.



