El régimen de Kim jong-un decidió que el mar del este necesitaba más ruido que una verbena de pueblo y soltó una docena de misiles cortos, tal vez para recordar a sus vecinos que sigue enfadado por una mina que alguien olvidó hace un año en la frontera. El ejército surcoreano, más atento que un suegro en la boda de su hija, detectó los proyectiles saliendo de wonsan y ya está contando los días para el próximo estallido.
La hermana del dictador, kim yo-jong, respondió a las quejas de seúl llamándolas despreciables, como si le hubieran pedido que devolviera un tupperware prestado. mientras tanto, el ejército de japón confirmó el lanzamiento con la misma cara de sorpresa que pone alguien cuando le dicen que la paella lleva arroz. todo esto ocurre justo después de que seúl propusiera charlar y pyongyang contestara con explosiones en vez de con un mensaje de whatsapp.
en medio del lío, kim jong-un reunió a sus comandantes y les exigió que conviertan sus unidades en equipos de élite autosuficientes, como si el ejército fuera un equipo de fútbol que necesita ganar la liga nuclear antes de que acabe la temporada. el líder insistió en que hay que acelerar la revolución militar a su manera, probablemente porque los vecinos del sur siguen sin contestarle las llamadas y la única forma de llamar la atención es tirar cohetes al mar.




