Chile se pone choro y le dice a Estados Unidos: «Mi estrecho, mis reglas, ¿cachai?»

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Vaya culebrón que se armó en el cono sur, digno de un drama de las tres de la tarde. Resulta que el embajador de Estados Unidos en Chile, un tal Brandon Judd, se levantó con ganas de meter la cuchara y le soltó a los chilenos una «oferta que no podrán rechazar», muy al estilo de un padrino de película de bajo presupuesto. La condición era simple: si querían que el Tío Sam les echara un ojo para proteger su preciado Estrecho de Magallanes de los chismes argentinos y les ayudara con el crimen organizado, primero tendrían que hacerle los mandados a Washington.

Informe El Chapucero

Como era de esperarse, al ministro de Asuntos Exteriores chileno, Francisco Pérez Mackenna, casi se le atraganta el pisco sour al escuchar semejante propuesta. El hombre, con más orgullo nacional que un huaso en fonda, salió al paso para dejar las cosas claras. Básicamente, su mensaje fue un «mira, gringo, muchas gracias por tu ‘ayuda’, pero para defender lo nuestro nos pintamos solos». Mackenna aseguró, con el pecho inflado como palomo en plaza pública, que el Estrecho de Magallanes «fue, es y será siempre chileno», y que no necesitaban niñera para cuidar sus juguetes.

La cosa se puso tan tensa que Mackenna ahora está en modo «evaluando si te bloqueo o solo te dejo en visto». Anunció que está pensando si le va a dar un tirón de orejas diplomático al embajador por desubicado, aunque tampoco quiere arruinar la fiesta. Después del arrebato de dignidad, bajó un cambio y aclaró que las relaciones con Estados Unidos son históricas y que un pequeño roce no va a tumbar décadas de amistad… aunque por ahora, mejor que cada uno se quede en su metro cuadrado.

Para rematar la faena y que no quedaran dudas, el ministro de Defensa chileno, Fernando Barros, salió a escena para confirmar que habían recorrido el Estrecho y que todo estaba lleno de banderitas chilenas, como cuando un niño lame un dulce para que su hermano no se lo pida. Todo esto, por supuesto, mientras en Argentina probablemente preparan las palomitas para ver cómo se desarrolla este drama geopolítico que ellos mismos iniciaron por andar de habladores. Al final, todo parece una pelea de patio de colegio, pero con barcos, embajadores y muchos documentos serios.

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