Bolivia declara emergencia por el superniño que promete sequía y chapuzones

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El presidente Rodrigo Paz activó el estado de emergencia como quien llama a los bomberos porque el vecino dejó la estufa encendida. El tal Superniño, versión turbo de El Niño, ya dejó sin agua a más de 78.000 familias y mató a 75.000 cabezas de ganado, un desastre que en el campo suena a apocalipsis pero en la ciudad solo sirve para quejarse del calor mientras se toma cerveza tibia.

Paz aseguró que su gobierno había hecho “un trabajo enorme” para frenar al monstruo climático, aunque parece que el bicho llegó igual y ahora pide cooperación de todas las instituciones como si fueran primos a los que hay que invitar a la rifa. “Este fenómeno va a pegar duro en sequía e inundaciones”, advirtió, y pidió recursos para que el golpe duela menos que una pedrada en la cabeza.

Mientras tanto, en Ecuador las lluvias del mismo fenómeno convirtieron las Galápagos en un parque acuático sin control. El aeropuerto de Baltra suspendió vuelos, las calles se convirtieron en ríos y 80 personas tuvieron que salir de sus casas como si huyeran de una telenovela de desastres. Las autoridades mandaron kits de ayuda y personal médico, pero el plan sigue pareciendo un intento de secar el mar con una toalla.

El resultado es el mismo de siempre: la naturaleza hace lo que le da la gana y los gobiernos corren detrás como quien persigue un taxi en hora pico. Al final, las familias afectadas solo pueden esperar que el agua llegue antes que la próxima factura del desastre.

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